Unos días antes de navidad estaba mirando un catálogo de esos de juguetes que mandaban las grandes superficies para ponernos los dientes largos y que deseásemos todo lo que allí había. Lo que más me gustaba era un tren eléctrico y se lo dije a mi “Aguela”, me miro con cara rara y me dijo “Niña, ese juguete lo tiene que pedir tu hermano, por qué no pides mejor una muñeca” mientras me quitó el catalogo y me señalo un muñeco feo, con pelo de estropajo rubio, que meaba, lloraba y no sé que más tonterías hacia. Vehementemente deseaba ese tren, me lo imaginaba en mi cuarto rodeado de construcciones de lego. Construiría una estación, casa, la comisaría de policía, coches, un puerto con el barco del pirata… y se lo conté a ella, otra vez me miro con la cara que suele poner cuando le cuento algo y me dijo “Pero mira que eres rara, hija”
Esas navidades yo debía tener unos siete años y todavía creía en Santa Claus. Como todas las navidades de mi vida la pasábamos en el campo con mis abuelos, tíos, primos y como siempre algún acoplado “Hay mucho sitio, que más da 20 que veinticinco ¿no?” siempre he oído decir esto mientras mi “Aguela” se queja diciendo “Acabareis conmigo” y ella siempre sigue igual o cada vez mejor. Son días de preparaciones culinarias, cochinillo asado o cabrito, turrones, polvorones y dolores de barriga por comer más de la cuenta, intoxicaciones por que el marisco no está muy fresco o te has pasado, perjuicios etílicos.
Es un torbellino en el que me gusta evolucionar y participar. Los primos organizamos fiestas, juegos, obras de teatro o coreografías cursis para que alguna no se sienta ignorada. Vestidos importantes como la ocasión lo requiere aunque algunos primos y mi hermano tienen problemas por que se niegan a ponerse siquiera camisas, mi madre les dice “Es que sois unos vagos y no lo hacéis por no abrocharos los botones” Al final, después de suplicas y para que mi “Aguela” se ponga contenta y sea feliz se las ponen mientras dura la cena.
Decoraciones brillantes, arbolito lleno de lazos y bolas y nacimientos con figuras rotas. Antiguas, repegadas, que cada día aparece de forma diferente por que alguien se entretiene moviendo los personajes y de pronto alguna mañana el niño Jesús aparece ahogado debajo del puente de un río de papel de plata y acuarela azul. Lo que hace que mi “Aguela” diga: “No sé de donde sale la educación tan horrible que tenéis”
Aquella noche me fui a la cama nerviosa, con mi cuerpo excitado después de tanto juego y comida, con ganas de que llegase enseguida la mañana para ver mi más deseado regalo, el tren de mis sueños. No dormí, me despertaba cada dos por tres por los nervios así que me levante muy temprano, simplemente no podía esperar más. Abrí la cortina para que entrase la luz del día pero todavía apenas empezaban a aparecer las primeras luces, sin embargo estaba casi oscuro. Salí al pasillo, baje las escaleras, cruce el zaguán, allí como siempre hacia mucho frío y entre en el salón. Todavía había rescoldos en la chimenea, los mayores se debían haber acostado muy tarde, aprovechaban para “Hacer cosas raras cuando echaban a los niños a la cama” Eso decían siempre, ahora los que hacemos cosas raras somos nosotros o eso dicen ellos.
De repente se abrió la ventana y sentí como entraba una ráfaga de viento y en ese momento aparecieron delante de mi tres hombres encapuchados, con gorros, bufandas, las cabezas tapadas. “Ladrones” pensé inmediatamente. Me puse a gritar como una loca. Alertados por mi grito poco a poco fueron apareciendo uno tras otro, mi madre a la que me abrace asustada, muerta de miedo.
El hombre aquel entonces se quito el pasamontañas ¡Mi padre, mi tío! ¿Mi padre era un ladrón? No, traía un montón de bolsas de colores brillantes, paquetes decorados con grandes lazos y dibujos chillones. Al principio yo no entendía nada ¡qué raro era aquello! Entonces me di cuenta, Santa Claus no existía, eran los padres los que desempeñaban su papel y es que ¡claro! Cómo era posible que en una noche repartiesen tantos regalos, es alguna de las preguntas que solía hacerme por aquella época. Pero no me gustó saberlo, se acabo el mundo imaginario que yo necesitaba, esa noche no se colaron allí ladrones, pero los adultos robaron mis sueños de niña.
Y al final abrí el paquete, era aquel espantoso muñeco que no me gustaba y vi que el tren lo tenía mi hermano y el muñeco lloraba pero se quedo en un rincón olvidado mientras ayudé a montar el tren.










