
Cerró los ojos, en silencio un abrazo, en silencio
Fue una noche corta, ni siquiera una noche. Se despertó sosteniendo un pañuelo en la mano, un pañuelo con el que se había secado las lágrimas. Sentada, poniendo sus manos ahuecadas y escondiendo una sonrisa en su cara, una, dos, diez o cien veces y pensando, pensando. Lejos. Cerca. Se ató el pañuelo a la mano y después se acerco a él, descalzos en la arena fresca de la madrugada.
Pero entonces tropezó con una concha grande de mil colores brillantes.
Oyendo el mar, el ir y venir de las olas.
Un sitio secreto. Allí estaban ellos, pasaban las horas felices jugando con las letras. Aventurándose en senderos extraños, lujuriosos, lascivos o juegos inocentes, desenvainando armas engañosas que no entendía. Abriendo una brecha en el corazón de ella con su manera sorprendente y espontánea.
Durante horas y horas hablaban, jugaban, eran cómplices tortuosos y ella se negaba a ser distraída por otras cosas. El le robaba el corazón poco a poco. Se sintió como secuestrada en una jaula en la que estaba disfrazada.
Vanos fueron los intentos de llevarla a la razón sin causarle dolor. Así que un día vació su corazón. Tiro el pañuelo lejos, muy lejos, ya no le haría nunca más falta. Entendió, y no dijo nada. Y quizás el sitio secreto fue destruido, aniquilado bajo montones de piedras.
Se quedo escondido en el centro de la tierra.
