El bar estaba hasta arriba de gente. Voces llenaban el aire, risas rebotaban en las paredes, música que hacía que los cuerpos se movieran a ritmos desenfrenados. Pasos que se deslizaban a un lado y a otro, docenas de ojos capturando unas y otras miradas. Los camareros en la barra sirviendo cervezas, cubatas, calimochos. Y fue otro sábado cualquiera hasta que se estrelló contra la ventana. Cayó contra el suelo, mientras chocaba contra los cristales rotos. Y su cuerpo luchó para moverse frente a la caída, pero se le había ido la fuerza. Pedazos de cristal roto encima y debajo, a su alrededor y cortes en su cara, su cuerpo, sangre saliendo de cada uno de ellos.
Y todo que podía hacer era mirar al que venía hacia ella.
Él se inclinó ante ella, un mechón de pelo tapo su cara. Sus ojos eran amenazantes, su rostro no tenía expresión, su mano estaba fría y sus pasos sonaban fuertemente contra el suelo. Una risa burlona salió de sus labios.
“¿Qué es tan divertido?”
“Te diré lo que es tan divertido.” Se acercó a ella mirándola con los ojos encendidos “Tu nunca serás capaz de escapar de mí.”
“Vamos a ver.” Dijo ella intentando sentarse. “ ¿Cómo que no escaparé? ¿Qué pasa, tío? Sólo me he tropezado porque alguien me ha empujado”
El le dio un manotazo en la cara y ella se chupó el labio ensangrentado.
“Ya verás”.
“¿Yo? ¿No sé por qué?” Su aliento olía a muerte. La agarró por los brazos y la obligó a ponerse de pie.
“Un día, te darás cuenta. Un día “
“¿Entonces ahora no?” Gruñó ella. “Así que, ¿me vas a matar, o vas a dejar que me vaya?”
“Hasta que nos volvamos a ver” Dijo soltándola del brazo que la tenía agarrada.
“Ya sea dormido o despierto, te encontraré.” Dio un paso hacia ella. “Y un día, te mato”.
“Tal vez algún día, te mato”.
A ella los ojos se abrieron de golpe. Le dolía el cuerpo como si hubiera sido cortada en pedazos, y entonces recordó su caída. Todo estaba oscuro, no veía nada. Sus ojos fueron adaptándose a la penumbra y de pronto escuchó un ruido estridente. Era el despertador, empezó a reconocer entre las sombras su cuarto. Estaba sana y salva en su cama, todo había sido un sueño, un mal sueño.
Era lunes y tenía que ir a clases, así que se levantó con las prisas habituales y en medio de la rutina diaria su cabeza volvía a ese sueño o a esa pesadilla. Tenía que ser fuerte, luchar contra él era cada vez más difícil. Pero ¿Quién era él? ¿Por qué estaba obsesionada? ¿Llegaría un día en el que ya no volvería a despertar nunca más?
Los días de clases eran agitados, siempre con prisas, sin tiempo apenas para un café, siempre corriendo de un sitio a otro y después del sueño que había tenido esperaba tener un día más fácil que los otros.
Paso la mañana sin grandes sobresaltos y al acabar las clases tenía que ir al despacho de un profesor que estaba en el último piso del edificio, no podía usar el ascensor porque le producía claustrofobia y pensó que subir cinco pisos andando después de haber estado unas horas sentada sería bueno para desentumecer las piernas y hacer ejercicio.
Mientras subía al primer piso le volvieron las imágenes del sueño “¿Estará el tío de mi sueño aquí escondido entre los recovecos de las escaleras? Tonterías, no fue más que un sueño raro” y siguió subiendo escaleras, contando los escalones para no pensar, todo era producto de su imaginación ¿Pero por qué no podía quitarse el sueño de la cabeza? ¿por qué le quería hacer daño? ¿Qué le había hecho ella? Sólo eran cosas absurdas de los sueños.
Y seguía subiendo perdida en sus pensamientos. Sintió un ruido, una puerta que se golpeaba y después otra “Una corriente de aire” pensó y siguió avanzando por la escalera hasta que llego a la puerta que estaba cerrada y no la dejaba continuar, se encogió de hombros e intentó varías veces abrirla, le dio varios empujones. Imposible. Suspiró y decidió bajar al siguiente piso para buscar el ascensor.
Entonces sintió un ruido, era una voz, alguien hablaba un poco más abajo. La voz aquella le resultó familiar, era la voz del hombre de su sueño. Sus piernas empezaron a temblar, de sus poros salía un sudor frío “¿Subo¿ ¿bajo? ¿Qué hago?”. Y se quedó allí paralizada sin saber que hacer, sin que su cuerpo respondiese a nada. Subiendo por las escaleras empezaba a aparecer una sombra, cada vez más cerca. Ella sin dejar de mirarlo intentó subir los pocos escalones que la separaban de la puerta pero se tropezó y cayo al suelo.
“Te he encontrado de nuevo” Le dijo el con una sonrisa malvada y unos ojos fríos “No puedes escapar de mí.”
Vio como unas garras invisibles que se le acercaban pero no se atrevían a tocarla ¿Estaba jugando con ella? Y estaba claro que aquello no era producto de su imaginación se sentía arrastrada por una fuerza irresistible que le hizo acercarse a la puerta cerrada y pudo oír voces que provenían del otro lado así que se puso a gritar pidiendo ayuda.
Oía la risa en toda la escalera “Tengo que salir de aquí” y seguía gritando. Del otro lado de la puerta oyó decir “No te preocupes ahora abrimos” pero los segundos pasaban y se sentía acorralada, unas garras venenosas se extendían sobre su alma. Y él ya estaba encima de ella. Sintió dentro de ella una fuerza creciente y le lanzo una patada que hizo que él dejase de reír y después otra patada concentrando toda su ira. Si, tenía que luchar contra él, ella sola, era la única solución. Pondría fin a esa danza, no sería una marioneta nunca más. Le lanzo una última patada que lo hizo rodar escaleras abajo. Si buscaba a alguien para atormentar no sería ella otra vez , si aparecía en sus sueños volvería a luchar. “No puedes derrotarme” La sombra se aferró en la escalera “No voy a dejarte ir”
“Puedes hacer lo que quieras” Le dijo ella dándose la vuelta y mirándolo fijamente “Ya no te tengo miedo, soy más fuerte que tu y lo sabes. Ahora regresa de donde viniste”
Y cuando ella apretó su cabeza contra la almohada y cerró los ojos se dio cuenta que no caería en esos sueños oscuros, su cabeza y su alma ya no se estremecían. Y si él un día volvía de donde había venido, si tuviese que volver otra vez , ella ya estaría preparada, era más fuerte, lo sintió aquel día en la escalera, descubrió que tenía miedo de ella. No, ya no se volvería a rendir tan fácilmente porque lucharía hasta el último aliento.











